Extracto del capítulo “Mujer y Deporte (Un apunte de antropología cultural)” del libro ¡Oh Deporte! (Anatomía de un gigante) del profesor José María Cagigal, publicado en 1981.

Extracto del capítulo “Mujer y Deporte (Un apunte de antropología cultural)” del libro ¡Oh Deporte! (Anatomía de un gigante) del profesor José María Cagigal, publicado en 1981.

“Toda la razón de los movimientos feministas del siglo XX y de la temática feminológica, abundante en el ámbito de la actual sociología, antropología y psicología., se basa en un evidente hecho macro-cultural: Entre el hombre y la mujer en la mayor parte de las civilizaciones y culturas vigentes en la historia, se había creado un abismo excesivo, convencional, artificial, desde luego no suficientemente justificado por naturaleza humana o condición antropológica.

La diferencia abisal entre las atribuciones aceptadas por la sociedad al varón o a la mujer puede resumirse en estas frases de Julián Marías (1980): <<El hombre podía hacer cualquier cosa que no estuviese prohibida; la mujer, en cambio, no podía hacer más que las expresamente autorizadas>> (…). <<Cuando las mujeres fueron a matricularse por primera vez (siglo XIX) en las universidades europeas resultó que no estaba prohibido; ni siquiera estaba prohibido, porque no se había ocurrido que lo fueran a hacer. Y se interpretaba como <masculinismo> la apropiación de las posibilidades humanas porque se había identificado lo meramente humano con lo propio del varón.

En el deporte la mujer tuvo más dificultades. Existían prohibiciones estrictas. Por ejemplo, hasta 1912, en Estocolmo, no consiguieron las mujeres participar en los Juegos Olímpicos modernos, a excepción de tímidas exhibiciones de tenis y patinaje sobre hielo”. (…). “A partir de 1928 en Ámsterdam la presencia de mujeres en los Juegos Olímpicos se generalizó”.[1]

Señala Cagigal que “Todavía en la década de los 70 en muchos países considerados como socialmente avanzados subsisten los viejos estereotipos”, citando algunos estudios

“Pero tampoco han faltado personas clarividentes que ya desde comienzos de este siglo afirmaban lo contrario, como Georges Hébert, fundador del famoso <método de educación física viril (¡) y moral>, el cual escribió en 1919: <<La experiencia prueba que todo lo que el hombre ejecuta de duro, como trabajo o ejercicio, es igualmente ejecutado algún día, con la estupefacción general, por una persona del sexo femenino… Son los prejuicios los que nos hacen considerar a la mujer como un ser aparte, físicamente inferior a su compañero varón. Es la educación la que crea las diferencias de aptitudes físicas, las cuales se acentúan con la edad, hasta llegar a ser irremediables>> (citado por Marguerite Audemars, 1979)”.[2]



[1] P. 156 y 157

[2] P. 166

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